Sin embargo, me resulta difícil explicar por qué acepté subirme a ese taxi con Mariana aquella noche.
No lo he visto desde hace cuatro años. Desde el divorcio. Desde que entendemos que el amor no siempre termina con un golpe; a veces simplemente se desgasta hasta volverse irreconocible.
Nos casamos jóvenes. Demasiado jóvenes, tal vez. Ella sueña con abrir una galería de arte en Guadalajara. Yo estaba obsesionado con crecer dentro de un bufete de abogados en Monterrey. Al principio creímos que el esfuerzo sería temporal, que alguien tendría tiempo para el otro.
Ese día nunca llegó.
Las escenas eran silenciosas. Las conversaciones se reducían a pequeñas cuentas, horarios y reproches que se acumulaban como un pulpo. Nadie engañó a nadie. Nadie gritó demasiado. Dejemos de mirarnos a nosotros mismos con tanta sinceridad.
Y una mañana firmamos el divorcio.
Sin dramas.
Sin lágrimas.
Como personas cansadas.
Después de eso, Mariana desapareció de mi vida. Según conocidos, se había mudado a Mérida para trabajar restaurando casas antiguas. Yo permanecí en Monterrey, sepultada entre oficinas, audiencias y talleres con ventanas que nunca se abrían.