“Si estás leyendo esto, Mateo, significa que Elena ha tenido que recurrir a la última carta. Perdoname por haberte mentido desde el primer día. El niño que durmió en tu casa durante cuatro años es el hijo de una mujer humilde a quien le pagué para salvar nuestro imperio. Pero Julián lo sabe todo. Él tiene al verdadero hermano. Protege a Elena, ella es la única que sabe dónde está la llave…”
Mateo levantó la vista, sintiendo que el mundo a su alrededor se retorcía en una pesadilla surrealista 🌀.
—¿El niño que está sedado aquí… no es mi hijo? —preguntó, señalando al pequeño de la izquierda.
—El de la izquierda es Tomás, el niño criado en el pueblo —explicó Elena, dejando caer una lágrima—. El de la derecha es Mateo Jr., su hijo biológico. Julián los sedó a ambos esta tarde para intercambiarlos sin que nadie se diera cuenta. Pretendía usar al pequeño Tomás para manipularlo a usted desde adentro de esta casa.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —rugió Mateo, agarrando la carta con fuerza hasta arrugarla—. ¿Por qué no fuiste a la policía?
—Porque si la policía interviene, Julián hará desaparecer al verdadero Leo para siempre 🌲. La única forma de recuperar a su verdadero hijo es ir esta misma noche a la cabaña del valle, antes de que se dé cuenta de que los niños recibieron una dosis doble del sedante y no despertarán para la transacción.
El hombre de negocios, implacable y frío, sintió por primera vez en su vida el peso aplastante del miedo real. Miró al pequeño Tomás, un niño inocente involucrado en una guerra de ambición que no le correspondía, y luego a su hijo Mateo Jr.
Una Decisión en la Oscuridad 🚗
Mateo caminó hacia la gran ventana del salón, desde donde se divisaba la tormenta que comenzaba a descargar sus primeras gotas contra los cristales. La chimenea chisporroteó, enviando chispas anaranjadas hacia la penumbra del cuarto.
—¿Dónde está la cabaña exactamente? —preguntó Mateo, girándose hacia Elena con una determinación renovada en la mirada.
—Sé el camino exacto, señor —respondió ella, limpiándose las lágrimas de la cara—. Pero debe ir solo. Si Julián ve a sus hombres de seguridad, la vida de Leo no valdrá nada.
Mateo caminó hacia el escritorio de caoba, abrió el cajón secreto y sacó una pequeña llave dorada. Luego volvió al sofá, se arrodilló junto a los dos pequeños y ajustó la manta de lana sobre sus hombros.
—Elena, te quedarás aquí con ellos —dijo él, mirando fijamente a la doncella—. Si alguno de los dos despierta, les dirás que su padre volverá muy pronto con su hermano.
—¿Confía en mí después de todo lo que le oculté? —preguntó ella, sorprendida.
—Confío en que amas a esos niños más que a tu propia vida —respondió Mateo, poniéndose de pie y ajustándose el saco negro—. Mantén la puerta cerrada y no abras a nadie. Si en dos horas no he regresado, dale esta llave al médico. Sabrá qué hacer.
Sin esperar respuesta, Mateo atravesó las pesadas puertas del salón 🚪. La noche era oscura y el viento rugía entre los pinos de la finca, pero en su corazón ardía un fuego mucho más peligroso que el de la chimenea: el deseo incandescente de proteger a su sangre y hacer pagar a quienes intentaron destruirla.