PARTE 2
Por primera vez, Teresa dejó de fingir que aquello era una “decisión familiar”.
—No sabes con quién te estás metiendo —me dijo, apretando la mandíbula.
—Sí sé. Con personas que dejaron mis cosas en la calle y trataron de disponer de una propiedad que también es mía.
Mauricio pidió que habláramos “sin abogados”. Me dio rabia escucharlo. Durante meses había permitido que su madre decidiera por nosotros, pero ahora que el plan había fallado quería recuperar la palabra “matrimonio”.
—Nuestro matrimonio terminó cuando negociabas mi salida a mis espaldas —le respondí—. A partir de hoy, cualquier cosa será por medio de mi abogada.
Me fui a mi pequeño departamento en Santa María la Ribera. Raúl había encendido el boiler, colocado una cama y dejado café sobre la barra. Era modesto, pero la llave estaba a mi nombre y nadie podía decidir cuándo debía salir de ahí.
Esa misma noche Sofía llegó sin avisar.
—El abogado se llama Octavio Bernal —me dijo—. Mi mamá asegura que puede preparar una donación como si Mauricio la hubiera firmado semanas antes y después “arreglar” el registro.
La licenciada Lucía me puso en contacto con Javier Salgado, un investigador retirado que llevaba años revisando fraudes inmobiliarios. Al escuchar el nombre de Bernal, frunció el ceño.
—No puedo acusarlo sin pruebas, pero ya ha aparecido en otros expedientes. Si intenta mover un documento falso, hay forma de rastrearlo.
Mientras ellos trabajaban, yo recordé el mural.
Llamé a Claudia, una antigua compañera que colaboraba en conservación de patrimonio urbano. Le envié las fotografías y el reporte que había hecho años atrás.
—Elena, esto no parece decoración reciente —dijo después de revisarlo—. Si conserva pigmentos originales y forma parte del inmueble catalogado, deben inspeccionarlo antes de cualquier modificación.
Aquello cambiaba todo. Mariana había planeado arrancar justamente ese papel tapiz para remodelar su futura recámara.
Al día siguiente, Rodrigo, su prometido, me llamó.
—Mariana dice que quieres quitarles el departamento por venganza. Necesito saber qué pasó.
No insulté a nadie. Solo le conté lo verificable: las cajas en la calle, las tarjetas bloqueadas, el intento de transferir la propiedad y el abogado que buscaba una salida “retroactiva”.
Rodrigo guardó silencio.
—Yo pensaba casarme con Mariana —dijo al fin—, no con una familia que reparte lo ajeno.
Esa tarde, Mauricio apareció en mi puerta.
Estaba despeinado y parecía no haber dormido.
—Elena, sé que fui cobarde. Pero todavía podemos salvar lo nuestro.
Lo miré y por un segundo recordé al hombre con quien había compartido siete años. Después recordé mis cajas mojándose en la banqueta.
—Tuviste meses para defenderme. No necesito que me salves ahora. Necesito que no estorbes.
Cerré la puerta.
A medianoche, Sofía llamó llorando.
—Mamá se reúne mañana con Bernal. Dice que será su última oportunidad.
Pero casi al mismo tiempo Javier me mandó otro mensaje: ya había presentado una queja formal para revisar las actuaciones del abogado.
Y Claudia confirmó que la inspección del mural sería al día siguiente.
Pensé que por fin teníamos todas las salidas cerradas.
Me equivoqué.
A las seis de la tarde siguiente, recibí una llamada de la policía.
Teresa acababa de denunciarme por entrar ilegalmente al departamento y por “pintar un mural falso” para quedarme con la propiedad.
Cuando escuché la acusación, entendí que mi suegra, desesperada, acababa de cometer el error que podía destruirla por completo.