PARTE 2
Rodrigo golpeó el portón hasta lastimarse los nudillos.
“La mitad es mía. Estamos casados.”
Ofelia cambió de tono de inmediato.
“Valerita, hija, abre. Todo fue un malentendido. Tu mamá puede descansar aquí, claro que sí. Somos familia.”
La voz de Valeria salió por el interfono.
“Nos casamos por separación de bienes. La casa fue comprada con ingresos de mi empresa y está documentada ante notario. No hay 1 peso tuyo aquí.”
Rodrigo gritó que ella le había escondido dinero.
Valeria respondió con una frase que lo dejó callado.
“No escondí dinero. Dejé de contarle mis planes a un hombre que usaba mi dinero para humillar a mi familia.”
Esa noche Rodrigo intentó reservar un hotel en San Pedro. Tarjeta rechazada. Probó otra. Rechazada. En su cuenta personal tenía menos de lo que gastaba en una cena presumida con amigos.
A las 7:00 del día siguiente regresó al portón.
“Abre. Mi mamá se siente mal por el calor.”
“Mi mamá también se sentía mal”, contestó Valeria, “y la dejaste cocinando con tu hijo llorando en la espalda.”
Rodrigo cambió de táctica.
“Si no abres, te voy a pedir el divorcio y voy a pelear por Nico. Le diré al juez que nunca estás, que te la pasas viajando y que abandonas a tu hijo.”
Valeria llevaba meses esperando esa amenaza.
Activó una pantalla junto al portón.
Aparecieron reservaciones de hotel, recibos de joyería, pagos de un departamento amueblado en Valle Oriente y fotografías de Rodrigo abrazando a una mujer llamada Jimena.
Después aparecieron estados de cuenta con cargos hechos a una tarjeta corporativa que Valeria le había dado para gastos familiares.
Rodrigo palideció.
“¿De dónde sacaste eso?”
“De la empresa que tú creías que nadie auditaba.”
Jimena llevaba 10 meses siendo su amante. Rodrigo le había prometido divorciarse, obtener una compensación millonaria y mudarse con ella a una casa mucho más grande.
Pero la verdadera puñalada fue otra.
Ofelia sabía todo.
En los mensajes recuperados, la suegra aconsejaba a Rodrigo provocar discusiones, grabar a Valeria cuando estuviera agotada y presentarla como una madre fría e inestable.
El plan era solicitar la custodia de Nico y exigir una pensión alta.
Uno de los mensajes decía:
“Con el niño de este lado, ella va a pagar por todos. Aguanta unos meses.”
Valeria no lloró.
Ya lo había hecho en secreto cuando descubrió la infidelidad. Lo nuevo no era saber que Rodrigo la engañaba, sino entender que su propio hijo formaba parte del negocio.
Esa misma mañana llegó una grúa.
Rodrigo salió corriendo.
“¡Esa camioneta es mía!”
El operador revisó los papeles.
“No, señor. Está registrada a nombre de Distribuciones Alcázar del Norte. Usted solo aparece como conductor autorizado.”
La camioneta se fue.
Después cancelaron su línea empresarial y todos los accesos a cuentas compartidas. Jimena, al enterarse de que Rodrigo no era dueño de la mansión, de la camioneta ni del reloj que presumía, lo bloqueó sin siquiera despedirse.
Durante 4 días, Rodrigo y Ofelia siguieron en la casa antigua, discutiendo, sudando y culpándose entre ellos.
Ni una vez preguntaron cómo seguía doña Elena.
Ni una vez preguntaron si Nico había dormido bien.