Movía dinero sin autorización. Comprometía propiedades familiares. Presumía ante inversionistas que él había rescatado el grupo hotelero de “una heredera sentimental”.
Durante 14 meses, Mariana no discutió.
Documentó.
Correos.
Audios.
Transferencias.
Contratos con firmas falsificadas.
Y ahora Arturo estaba arriba, en la suite presidencial, brindando con otra mujer dentro del hotel que ella había salvado.
—¿Todo está protegido? —preguntó Mariana.
Octavio asintió.
—Las cuentas importantes ya fueron separadas. Los fideicomisos están blindados. La demanda de divorcio está lista. La denuncia civil también. Y la empresa de Arturo recibirá el informe el lunes por la relación con Camila, porque ella trabaja bajo su área.
Mariana respiró hondo.
—Entonces mañana.
—Mañana —confirmó Octavio.
Esa noche, Arturo cenó con Camila en la suite. Pidió champagne, langosta, postres con oro comestible y habló de Mariana como si fuera un mueble viejo de una casa bonita.
—¿Ella sabe algo? —preguntó Camila.
Arturo soltó una risa baja.
—Mariana no sabe ni revisar un estado de cuenta sin pedirme ayuda.
Camila sonrió, pero algo en el hotel la incomodaba.
La letra A estaba en todas partes.
En las servilletas.
En las batas.
En las copas.
En la tarjeta de bienvenida que encontraron sobre la mesa al regresar del jacuzzi.
La tarjeta decía:
“Esperamos que su estancia en el Gran Hotel Alvarado sea inolvidable. Queremos que se sienta como en casa.”
Arturo la leyó 2 veces.
—Qué raro —murmuró Camila.
—Detalle del hotel —dijo él, tirándola al bote.
Pero por primera vez en todo el fin de semana, Arturo Ledesma sintió que algo no estaba bajo su control.
Al día siguiente, cuando bajó al restaurante con Camila del brazo, todavía fingía seguridad.
No sabía que la mesa 7 había sido preparada especialmente para él.
No sabía que todos los empleados conocían la verdad.
No sabía que a las 8:15, su esposa iba a entrar por la puerta principal.
Y nadie podía creer lo que estaba por ocurrir.
PARTE 2
El domingo por la noche, el restaurante del Gran Hotel Alvarado brillaba con una calma casi ofensiva.
La música era suave. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos. Las copas reflejaban la luz dorada de los candiles. Desde la mesa 7 se veía la ciudad encendida, como si la vida de los demás siguiera normal.
Arturo estaba sentado de espaldas a la entrada.
Camila, frente a él, no podía dejar de mirar alrededor.
—Estás muy seria —dijo Arturo, sirviéndose vino.
—No sé. Siento que todos nos ven.
Él sonrió con arrogancia.
—Nos ven porque saben reconocer a alguien importante.
Camila intentó sonreír.
El sommelier se acercó con una botella.
—Un vino de Valle de Guadalupe, reserva especial de la casa —dijo—. Seleccionado personalmente para esta mesa.
Arturo probó y asintió.
—Excelente.
—Sí, señor —respondió el sommelier—. Esta casa siempre ha tenido buen gusto.
Arturo no captó la frase.
A las 8:12, mientras él hablaba de una inversión en Querétaro y de cómo “la gente sin visión se queda atrás”, Sergio Molina esperaba junto a la entrada del restaurante.
A su lado estaba el licenciado Octavio Barrios.
Y 3 pasos detrás, Mariana Alvarado.
Llevaba un traje azul oscuro, tacones negros y ningún gesto de escándalo. No venía llorando. No venía gritando. Venía caminando como alguien que ya recuperó una llave que nunca debió soltar.