PARTE 2
Camila llevó la cubetita morada sobre las piernas durante todo el camino a Puerto Vallarta. Mateo iba atrás con audífonos, pero yo veía por el retrovisor que no estaba escuchando nada. Miraba la carretera como si cada kilómetro le quitara una venda de los ojos.
Llegamos a la casa familiar al atardecer. Era una construcción blanca, amplia, con balcones, bugambilias y autos estacionados afuera. Desde la calle se escuchaban risas, platos, música y esa clase de alegría que duele cuando sabes que te fue negada.
Teresa salió antes de que yo tocara el timbre. Tenía los ojos rojos.
“Isabel.”
“No quiero abrazos antes de la verdad”, dije.
Asintió.
“Tienes razón.”
Cuando vio a Camila, se llevó una mano a la boca.
“Mi niña…”
Camila no se acercó.
“Usted nunca me llamó para preguntarme si quería venir.”
Teresa bajó la cabeza.
“No. Y esa fue mi culpa. Creí lo que me dijeron porque era más fácil que enfrentar a mi propio hijo.”
Mateo se escondió un poco detrás de mí.
“¿Ustedes sí nos querían aquí?”
Entonces apareció don Ernesto, mi suegro, desde la entrada.
“Más de lo que imaginas, hijo.”
Su voz tembló, y eso hizo que Mateo parpadeara rápido.
Antes de que alguien dijera más, Patricia salió a la terraza. Al verme, su expresión cambió. Detrás de ella venía Regina, de 16 años, confundida, elegante en un vestido azul.
“Isabel”, dijo Patricia. “Teresa me acaba de contar. Yo pensé que tú no querías que nos acercáramos.”
“Nunca dije eso.”
Patricia apretó la mandíbula.
“Roberto me dijo que era mejor no buscarte, que tú preferías mantener a los niños separados.”
Camila miró a Regina.
“Yo pensé que tú eras la razón por la que mi papá no quería traernos.”
Regina se quedó pálida.
“Yo pensé que ustedes no querían conocerme.”
Nadie dijo nada por unos segundos. Fue un silencio horrible, lleno de años perdidos.
“Los niños no tienen la culpa de las mentiras de los adultos”, dije.
Patricia asintió de inmediato.
“De acuerdo.”
Teresa abrió la puerta.
“Roberto está adentro. Están cenando.”
Miré a mis hijos.
“No tienen que entrar si no quieren.”
Camila sostuvo la cubetita con más fuerza.
“Yo quiero oírlo.”
Mateo tomó mi mano.
“Yo voy contigo.”
Entramos.
La mesa del comedor estaba llena. Camarones, pescado zarandeado, ensalada, copas, servilletas blancas. Todos hablaban hasta que Roberto me vio.
Su sonrisa se borró.
“Isabel.”
Yo avancé hasta quedar frente a él.
“Se te olvidó invitar a tres personas a tu tradición familiar.”
Roberto se levantó tan rápido que su silla rechinó.
“Este no es el momento.”
“Esa frase te funcionó 11 años.”
Miró a Teresa.
“¿Qué hiciste, mamá?”
Teresa se enderezó.
“Le dije a tu esposa la verdad.”
“No tenías derecho.”
La mesa entera se quedó helada.
“¿No tenía derecho?”, dije. “Tú me dijiste que tu familia no nos quería aquí. A ellos les dijiste que yo no quería venir. A Patricia le dijiste que yo no quería que los niños convivieran. Fuiste repartiendo mentiras para que nadie comparara versiones.”
Roberto levantó las manos.
“Yo solo quería evitar problemas.”
“No querías evitar problemas. Querías decidir quién pertenecía y quién no.”
Patricia dio un paso al frente.
“No metas a Regina en esto. Ni a mí.”
Roberto la miró, desesperado.
“Patricia, tú sabes que después del divorcio Regina necesitaba estabilidad.”
“Y Camila y Mateo necesitaban un padre honesto”, contestó ella.
Don Ernesto puso ambas manos sobre la mesa.
“Roberto, respóndeme una cosa. ¿Isabel y los niños fueron invitados alguna vez?”
Roberto abrió la boca, pero no salió nada.
Su silencio fue una confesión completa.
Camila caminó hacia él. Dejó la cubetita morada sobre la mesa, entre los platos caros.
“Cuando era niña pensaba que mis abuelos no me querían.”
Roberto tragó saliva.
“Camila, mi amor…”
“No me digas así ahorita.”
Él intentó acercarse, pero ella retrocedió.
“Después pensé que tal vez tú no querías que yo estuviera en tu vida completa. Solo en la parte que te convenía.”
Mateo empezó a llorar en silencio.
“Papá, ¿te daba vergüenza llevarnos?”
Roberto se quebró.
“No. Claro que no. Yo los amo.”
“Amar no es esconder”, dijo Camila.
Teresa miró a su hijo como si acabara de conocer a un extraño.
“Esta noche no te quedas aquí.”
“Soy tu hijo.”
“Y ellos son mis nietos. Todos.”
Don Ernesto señaló la puerta.
“Vamos a hablar mañana, cuando no tengas público para actuar.”
Roberto me miró con rabia y miedo.
“Isabel, vámonos a hablar solos.”
“No. Ya no.”
Regina se acercó a Camila y, con voz muy baja, dijo:
“Yo tampoco sabía.”
Camila la miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero ya no de confusión.
“Te creo.”
Esa fue la primera verdad pequeña de la noche.
Y justo cuando pensé que no podía doler más, Teresa entró a la cocina y volvió con una bolsa vieja de regalo. La puso frente a mí.
“Esto llegó hace 9 años. Roberto dijo que tú lo habías rechazado.”
Dentro había 4 camisas blancas dobladas, una para mí, una para Camila, una para Mateo bebé y una más grande que decía “Familia Salazar 2017”.
Camila tocó la suya como si fuera una prueba de un crimen.
Entonces entendí que no nos habían olvidado.
Nos habían ocultado.