Todos abandonaron al millonario enfermo… excepto la hija de la empleada, que entró en su habitación prohibida y descubrió el plan que su familia quería ocultar.

Todos abandonaron al millonario enfermo… excepto la hija de la empleada, que entró en su habitación prohibida y descubrió el plan que su familia quería ocultar.

PARTE 2

Rosa fingió no haber escuchado, pero esas palabras se le clavaron en la cabeza todo el día. ¿Qué plan podía arruinar una niña de tres años?

A partir de esa mañana, Alejandro cambió la regla más importante de la casa: Lupita podía entrar. No todos los días, decía él al principio. Solo mientras se resolvía lo de la estancia. Pero la estancia reabrió una semana después y nadie habló del tema. Rosa seguía llevando a Lupita, y Lupita seguía subiendo a tocar tres veces la puerta de Alejandro.

—¿Puedo pasar, don Ale?

Él odiaba que le dijeran don. A ella se lo permitió.

La casa empezó a respirar distinto. El chef Julián guardaba conchas pequeñas para Lupita. Don Tomás, el jardinero, le enseñó a sembrar cilantro en una maceta. Hasta algunas empleadas sonreían cuando la niña cruzaba los pasillos con sus coletas chuecas, como si llevara luz escondida en las bolsas del suéter.

Alejandro también cambió. Seguía enfermo. Seguía teniendo días en que las manos no le respondían y el cuerpo parecía hecho de arena mojada. Pero ya no pasaba las mañanas mirando el techo. Lupita le llevaba dibujos: un sol morado, un perro azul, una casa enorme con tres personas en la ventana.

—¿Quiénes son? —preguntó Alejandro.

—Mi mamá, yo y tú. Pero tú estás sentado porque a veces te cansas.

Rosa, desde la puerta, sintió un nudo en la garganta.

Alejandro empezó a preguntarle cosas. De dónde era. Cuánto pagaba de renta. Si Lupita veía a su padre. Rosa respondía con prudencia, como quien camina sobre vidrio.

—Su papá se fue antes de que naciera —dijo una tarde—. No volvió.

Alejandro no hizo comentarios. Solo asintió.

Pero mientras algo cálido crecía en esa habitación, algo oscuro se movía en los pasillos.

Elvira comenzó a observarlos con una tensión venenosa. Hablaba por teléfono a escondidas. Cuando Alejandro dormía, entraba a su despacho y revisaba documentos. Una vez Rosa la vio guardarse una carpeta azul en el bolso. Otra tarde escuchó su voz desde la biblioteca:

—No podemos permitir que esa mujer se acerque más. Ya lo tiene comiendo de su mano… y la niña peor.

Rosa se quedó inmóvil junto a la puerta.

La otra voz era de Gerardo Santillán, primo de Alejandro y director financiero de la empresa.

—Mientras Alejandro firme antes de Año Nuevo, no importa. Después lo internamos en Monterrey y controlamos todo desde el consejo.

Rosa sintió frío.

—¿Y si cambia el testamento? —preguntó Elvira.

—No va a cambiar nada. Está débil, aislado y medicado. Tú solo asegúrate de que Rosa desaparezca.

Esa noche, Rosa no durmió. Pensó en renunciar. Pensó en tomar a Lupita y volver a Puebla. Pero al día siguiente, cuando entró al cuarto de Alejandro, lo encontró viendo uno de los dibujos de su hija como si fuera algo sagrado.

—Rosa —dijo él—, ¿estás bien?

Ella quiso mentir. No pudo.

—Creo que su familia quiere hacerle daño.

Alejandro no reaccionó como ella esperaba. No se sorprendió. No se indignó. Solo cerró los ojos un momento, cansado.

—Lo sé.

Rosa se quedó sin aire.

—¿Cómo que lo sabe?

—Sospecho desde hace semanas. Pero no tenía pruebas.

Rosa recordó la carpeta azul, las llamadas, las frases sueltas. Alejandro la escuchó sin interrumpir. Luego abrió un cajón y sacó un celular viejo.

—Mi abogado me pidió grabar todo lo raro que pasara en la casa. Pero hasta ahora no tenía a alguien que viera lo que yo ya no puedo ver.

—¿Me está pidiendo que los espíe?

—Te estoy pidiendo que me ayudes a impedir que me declaren incapaz para robarme mi propia vida.

Antes de que Rosa pudiera responder, Lupita entró corriendo con una corona de papel.

—Don Ale, hoy soy reina.

Alejandro sonrió, pero la sonrisa murió cuando Elvira apareció detrás de la niña con dos hombres de traje.

—Perfecto —dijo la mujer—. Justo a tiempo.

Rosa reconoció a uno: era médico. El otro traía una carpeta legal.

Elvira levantó la barbilla.

—Alejandro, venimos a iniciar tu evaluación psiquiátrica. Y también a sacar de esta casa a la empleada que se está aprovechando de ti.

Entonces Lupita, sin entenderlo todo, se abrazó a la pierna de Rosa y dijo:

—No se lleven a mi mamá. Ella es la única que sabe dónde está la carpeta azul.

El rostro de Elvira perdió todo el color.