PARTE 2
Durante los primeros diez minutos de vuelo, traté de respirar.
Mateo seguía dormido. Tenía la boca entreabierta y las manitas cerradas contra mi pecho. A mi izquierda iba un señor mayor que ya roncaba suavemente. A mi derecha, un joven con audífonos me ayudó a acomodar la pañalera sin decir nada, con esa amabilidad pequeña que a veces salva un día completo.
Pero yo no podía dejar de mirar hacia la fila once.
Valeria estaba sentada muy derecha. Esa postura la conocía bien. La usaba cuando intentaba demostrarme que podía con algo aunque por dentro estuviera incómoda.
La mujer a su lado había vuelto a extender las piernas. Su pie descalzo invadía el espacio que yo había pagado para que mi hija viajara cómoda. Tenía los audífonos puestos y el rostro volteado hacia la ventanilla, como si Valeria no existiera.
Entonces mi hija volvió a inclinarse.
La vi mirar al piso.
Luego hacia la señora.
Le dijo algo despacio, con cuidado.
La mujer se quitó un audífono, respondió una frase corta y volvió a ponérselo.
Valeria se quedó quieta.
Yo apreté los labios.
La señal del cinturón se apagó con un sonido suave. Algunas personas se levantaron para sacar cosas del compartimento superior. Una sobrecargo empezó a empujar el carrito de bebidas desde adelante.
Y entonces la voz de Valeria se escuchó clara por encima del ruido constante de los motores.
“Señora, mi mamá me enseñó a no avergonzar a nadie frente a desconocidos.”
Varias cabezas giraron.
La mujer tardó un segundo en reaccionar.
Valeria continuó, sin gritar.
“Por eso intenté decírselo bajito antes de despegar.”
La señora se quitó los audífonos con brusquedad.
“Entonces cállate ahora.”
El tono fue tan feo que una mujer de la fila de atrás dejó de leer su revista.
Yo hice el intento de levantarme, pero Mateo se movió y empezó a quejarse. La sobrecargo me vio desde el pasillo y caminó hacia la fila once.
Valeria desabrochó su cinturón.
Se levantó con mucho cuidado, sosteniéndose del respaldo de enfrente. Abrió su mochila morada, metió la mano y sacó una bolsita transparente de las que usamos para guardar lápices y estampas.
Pero adentro no había lápices.
Había una cartera de piel color café.
La sostuvo con ambas manos.
La cabina se apagó en murmullos.
Hasta el carrito de bebidas se detuvo.
La mujer miró la cartera.
Luego miró a Valeria.
Luego otra vez la cartera.
“¿Esta es suya?”, preguntó mi hija.
La mujer perdió el color de la cara.
Valeria agregó:
“Estaba atrapada debajo de su pierna desde que abordamos. La vi cuando me senté. Quise avisarle antes, pero usted me dijo que no la molestara.”
Nadie habló.
Un hombre del pasillo bajó su celular.
La señora de la revista se tapó la boca con dos dedos.
La sobrecargo quedó quieta, con una mano sobre el respaldo del asiento.
La mujer arrebató la cartera, la abrió y revisó adentro. Su expresión cambió de enojo a pánico. Sacó una credencial, unas tarjetas y un fajo de billetes.
Luego encontró algo más.
Un sobre blanco, doblado en dos.
Sus manos comenzaron a temblar.
“Gracias”, dijo.
Pero su voz salió tan baja que apenas se escuchó.
Valeria no sonrió.
Solo volvió a sentarse.
“También hay un papel que se le estaba saliendo”, dijo. “No quise tocarlo.”
La mujer cerró la cartera de golpe.
Y fue entonces cuando entendí que no era solo una cartera perdida.
Había algo dentro que la señora no quería que nadie viera.