Mientras el salón se convertía en un espectáculo, Emilia viajaba hacia las oficinas de Lozano Capital, en Paseo de la Reforma.
No lloraba. Ya había llorado cuando Diego empezó a engañarla, cuando Teresa la culpó por no quedar embarazada y cuando Paula la llamó arrimada.
La frase que terminó de romperla no fue “ya no te amo”.
Fue algo peor.
—Eres buena, Emilia, pero no eres útil.
Diego se lo dijo sin levantar la vista, como si una esposa fuera una herramienta reemplazable.
Lo que los Paredes ignoraban era que Emilia era nieta de Joaquín Lozano, fundador de uno de los grupos de inversión más importantes de México.
Tras la muerte de sus padres, heredó acciones y fondos que superaban todo el patrimonio de los Paredes.
Advertisement
Había ocultado su posición porque quería casarse por amor, no por conveniencia.
Al principio, Diego parecía distinto: la esperaba bajo la lluvia y prometía construir una vida juntos.
Después de la boda empezó a presionarla.
—Consígueme una reunión con Altavista.
—Habla con alguien del banco.
—Somos familia, no seas egoísta.
Emilia lo ayudó pensando que el éxito le devolvería al hombre del que se enamoró.
Ocurrió lo contrario.
Cuanto más crecía el negocio, más arrogante se volvía él. Presumía que había levantado la compañía solo, se rodeaba de mujeres y permitía que su familia tratara a Emilia como una carga.
Durante el último año, ella dejó de rescatarlo. Revisó documentos y descubrió facturas infladas, contratos modificados y transferencias a empresas fantasma.
Entregó los expedientes porque proveedores y empleados podían terminar pagando por sus fraudes.
Aun así, le dio una última oportunidad.Antes de firmar el divorcio, su abogado colocó frente a Diego un anexo que explicaba que todas las garantías vinculadas a Emilia serían retiradas al disolverse el matrimonio.
Diego ni siquiera lo leyó.
Estaba ocupado enviándole mensajes a una mujer llamada Karla para contarle que esa noche celebraría su “libertad”.
A las 4:17 p. m., Lozano Capital notificó a los bancos.
A las 4:20 p. m., la autoridad fiscal retuvo los fondos señalados.
A las 4:28 p. m., los socios activaron sus cláusulas de salida.
A las 7:00 p. m., Diego brindaba por haberse deshecho de la única persona que mantenía su mundo en pie.
El restaurante aceptó un reconocimiento de deuda. Diego dejó en garantía su reloj y la camioneta de Teresa.
Advertisement
Al día siguiente, los videos ya circulaban en Facebook, WhatsApp y TikTok.
“Empresario celebra divorcio con fiesta de 2,340,000 pesos y no puede pagar.”
“Familia humilla a exnuera y termina dejando una camioneta en garantía.”
“Paredes Materiales, investigada por operaciones irregulares.”
La vergüenza pública apenas era el principio. Proveedores y bancos exigieron pagos, mientras varios empleados renunciaban.
En menos de 1 mes, la empresa comenzó a vender maquinaria.
Diego buscó a Emilia, pero ella ya se había mudado. En su antigua oficina le explicaron que nunca fue una empleada común.
La verdad la descubrió en televisión.
Emilia apareció en una conferencia financiera en Monterrey, vestida con un traje blanco, frente a inversionistas que Diego solo conocía por fotografías.
Debajo de su nombre se leía:
“Emilia Lozano, presidenta ejecutiva de Lozano Capital.”
Teresa dejó caer su taza.
Paula se quedó con la boca abierta.
Diego sintió una mezcla de vergüenza y terror.
La supuesta mantenida había sostenido su crédito, sus contratos y su prestigio.
Pero todavía faltaba una verdad.
El abogado de Emilia envió a Diego el expediente médico completo que Teresa había manipulado durante el matrimonio.
Los estudios mostraban que Emilia no tenía problemas de fertilidad.
Quien necesitaba tratamiento era Diego.
Teresa lo sabía desde hacía 2 años y ocultó el resultado para proteger el orgullo de su “hijo perfecto”.
Advertisement
—Yo solo quería protegerte —dijo Teresa cuando Diego la enfrentó.
—Me convertiste en un imbécil —respondió él.
—Tú ya la engañabas. No me eches toda la culpa.
Diego salió de la casa mientras Paula gritaba que toda la familia estaba podrida.
Lea más en la página siguiente.