El monitor cardíaco pitaba con una lentitud aterradora mientras la puerta de la suite médica se abría de par en par. Elena entró corriendo,

El monitor cardíaco pitaba con una lentitud aterradora mientras la puerta de la suite médica se abría de par en par. Elena entró corriendo,

La Sombra del Imperio: El Sacrificio de la Capitanía 👑⚔️

Un Juramento Grabado en Oro y Sangre 🕊️

El impacto de la puerta al caer levantó una densa nube de astillas y polvo de yeso en la elegante habitación de la clínica real. Los guardias imperiales, enfundados en sus armaduras de visera oscura y portando fusiles de pulso, irrumpieron en el recinto con la precisión de un mecanismo de relojería. El capitán al mando dio un paso al frente, pero se detuvo en seco cuando la luz de la mañana iluminó la figura deslumbrante que se erguía junto a la cama del moribundo.

Elena no retrocedió ni un solo milímetro. Con su uniforme blanco impoluto, cuajado de bordados de hilo de plata, perlas cultivadas y las más altas condecoraciones de la marina, proyectaba una autoridad que eclipsaba la fuerza bruta de las armas que la apuntaban. En su mano izquierda, la gran gema de su anillo matrimonial captaba los destellos del sol saliente, sirviendo como un recordatorio silencioso de la promesa que la unía al hombre postrado en la cama. 💎

El silencio en la habitación era tan denso que solo se escuchaba el compás intermitente del monitor cardíaco de Mateo. Los guardias vacilaban; atacar a un traidor acusado era su deber, pero apuntar a la mujer que acababa de ser nombrada Gran Almirante del Norte era una sentencia de muerte por alta traición.

—Bajen las armas —ordenó Elena. Su voz no era un grito, sino un mandato sereno, frío y cargado de un poder absoluto que heló la sangre de los soldados.

El oficial al mando carraspeó, ajustando el agarre de su arma con evidente nerviosismo.

—Su Excelencia… tenemos órdenes directas del Consejo Supremo y del Gran Duque para aprehender al expiloto Mateo Vance por crímenes contra la corona.

Elena dio un paso hacia el oficial, permitiendo que la capa de su uniforme rozara el borde del lecho de Mateo.

—El Señor Vance está bajo mi custodia personal y bajo la protección directa de la Flota Imperial. Cualquier intento de tocarlo será considerado un acto de guerra contra la marina.

—Pero Excelencia… la orden está firmada con el sello de la Casa Real —insistió el oficial, dando un paso cauteloso.

—Y mi autoridad sobre la seguridad de este sector está respaldada por la Carta Magna de la Fundación —replicó ella, fijando sus ojos deslumbrantes en el hombre.

—No les compliques la vida, Elena —escuchó la voz débil de Mateo a sus espaldas.

Elena no miró hacia atrás, pero apretó con más fuerza la pequeña llave oculta en el pliegue de su guante de seda. Sabía que la diplomacia era solo una cortina de humo para ganar segundos valiosos.