PARTE 2
La prueba de ADN se hizo esa misma mañana en una clínica privada. Mientras esperábamos, el equipo jurídico de Santiago revisó el historial de Renata dentro de Grupo Arriaga.
La primera respuesta llegó antes que el laboratorio.
—Renata trabajó como practicante en administración patrimonial —explicó una investigadora—. Dos semanas antes del parto usó la contraseña de un supervisor para descargar documentos restringidos.
Santiago dejó de caminar.
—¿Qué documentos?
—Cláusulas del fideicomiso familiar, reglas de sucesión y mecanismos de control cuando nace el primer descendiente directo del presidente del grupo.
A su lado estaba doña Beatriz, madre de Santiago y presidenta honoraria de la fundación familiar. Había llegado con el rostro duro, convencida de que yo era una oportunista.
—¿Por qué importaría que el bebé fuera niño? —pregunté.
Beatriz respondió después de una pausa.
—El fideicomiso fue redactado por mi suegro hace décadas. El nacimiento de un hijo de Santiago activa un fondo y modifica ciertos derechos de voto.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
—De cientos de millones de pesos y del control futuro de varias empresas.
El médico entró con un sobre.
La probabilidad de paternidad era de 99.99 por ciento.
Santiago se sentó sin decir nada. Miró al bebé, que dormía en una cunita prestada, y después volvió a leer el resultado como si los números pudieran cambiar.
Mi madre llamó de nuevo. Esta vez él contestó.
—¿Mariana? ¡Devuelve al niño ahora mismo!
—Habla Santiago Arriaga.
Hubo un silencio largo.
—Señor Arriaga, esto es un asunto privado.
—El bebé es mi hijo.
—Debe existir un error.
—Hay una prueba de ADN.
La voz de mi madre se volvió amable de inmediato.
—Entonces podemos llegar a un acuerdo. Renata es la madre y nosotros representamos sus intereses mientras ella estudia.
—Renata abandonó a un recién nacido. Ustedes intentaron obligar a Mariana a fingir que era suyo.
—Mariana siempre ha tenido problemas con su hermana. Es impulsiva, exagerada…
Santiago colgó.
Poco después llegó la policía. Mis padres habían presentado una denuncia formal por sustracción de menor. Yo sentí que las piernas me fallaban, pero el abogado mostró los mensajes, el segundo celular y el resultado de ADN.
El agente pidió revisar las cámaras de nuestra casa. Mis padres aceptaron, seguros de que la grabación exterior demostraría que yo había salido con el bebé.
No sabían que una cámara interior seguía funcionando.
En el video se veía a mi madre entrando a mi cuarto con el recién nacido.
—Desde mañana diremos que es de Mariana —decía—. Nadie preguntará demasiado si aseguramos que ocultó el embarazo.
Después aparecía mi padre.
—¿Y si se niega?
—Diremos que está obsesionada con Renata. Con la publicación correcta, todos le creerán a una madre desesperada.
—¿Y Santiago?
—Cuando pague, recuperamos al niño y Renata regresa.
El agente detuvo el video. La alerta en mi contra fue cancelada y la denuncia comenzó a investigarse como posible falsedad.
Yo miré a mis padres en la pantalla y sentí algo peor que rabia: alivio. Por primera vez, una prueba demostraba que no estaba inventando lo que me hacían.
—Tu hermana no se fue a estudiar —dijo Santiago.
—Se fue a cobrar.
Esa noche Renata llamó desde Madrid. Apareció perfectamente maquillada, sentada frente a una ventana con vista a la ciudad.
—Santiago, por fin entendiste.
—Regresa a México.
—Todavía no.
Entonces me vio detrás de él.
—Mariana, tú no deberías estar ahí.
—Mamá quería que dejara la universidad y fingiera que el bebé era mío.
Renata suspiró.
—Siempre haces un drama de todo.
Santiago puso varios documentos frente a la cámara.
—Dime qué quieres.
Ella no titubeó.
—Un lugar en el consejo, una casa a mi nombre y acceso inmediato a un fondo de ciento cincuenta millones de pesos para criar a mi hijo.
Beatriz golpeó la mesa.
—Eso es extorsión.
—Es protección. Si algo le pasa a Santiago, mi hijo puede quedar fuera por maniobras internas.
—Tu hijo tiene dos días de nacido —dije— y ya lo estás usando como garantía.
Renata me miró con desprecio.
—No entiendes cómo funciona el mundo.
—Entiendo que lo dejaste en una cama para que yo pagara tus decisiones.
Su expresión se endureció.
—Yo sabía que tú lo cuidarías.
—Eso no te daba derecho.
Santiago intervino.
—No habrá dinero ni asiento. Regresa y responde por lo que hiciste.
Renata sonrió otra vez.
—Entonces mañana conocerán los documentos que su familia lleva quince años escondiendo.
Beatriz perdió el color.
—¿Qué documentos?
—Transferencias del fundador, cuentas paralelas y propiedades compradas con recursos del fideicomiso. Si no aceptan antes de las ocho, todo será público.
Santiago sostuvo al bebé contra su pecho.
—Publícalos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
Renata cerró la llamada.
A la mañana siguiente, a las siete con doce, los archivos aparecieron en redes, periódicos digitales y correos de inversionistas. En menos de una hora, las acciones de una filial cayeron y decenas de reporteros rodearon la torre.
Pero el golpe más fuerte no estaba en las transferencias.
Entre los documentos filtrados había una carta firmada por Beatriz que demostraba que ella conocía el desvío desde hacía años.
Santiago levantó la vista hacia su madre.
—Dime que esa firma es falsa.
Beatriz no respondió.
Y en ese silencio quedó claro que Renata no había inventado toda la amenaza.
¿Crees que Santiago debía proteger a su madre o revelar la verdad aunque destruyera su propio apellido?