—Creo que alguien intenta transferir mi participación sin autorización.
Su expresión cambió.
—¿Tiene pruebas?
—Todavía no.
—¿Por qué lo sospecha?
No podía decirle que un gato me lo había contado.
—Vivian conoce mis datos.
—Anoche estuvo en el archivo con Adrian.
—¿Cómo lo sabe?
—Una fuente.
—¿Confiable?
—Hasta ahora, sí.
Le entregué copias de mis documentos y le expliqué la conversación del estacionamiento.
También reproduje el video.
El rostro del señor Harris se volvió cada vez más frío.
—¿Ellos querían que usted renunciara?
—Sí.
—¿Y Vivian pretendía reemplazarla?
—Eso dijo Adrian.
—¿Tiene la carta de ella?
—Fingió olvidarla.
El director se recostó en la silla.
—Entonces nunca planeó renunciar.
—No.
—Solo necesitaba que usted lo hiciera.
—Exactamente.
Harris llamó al responsable legal y al director financiero.
No les explicó todo.
Solo ordenó congelar cualquier modificación accionaria vinculada a mi nombre.
Después pidió revisar accesos al archivo y registros digitales.
A las once recibimos el primer resultado.
Mi cuenta corporativa había sido utilizada a la 1:17 de la madrugada del martes anterior.
Yo estaba en casa.
Alguien había iniciado sesión desde el ordenador de Vivian.
—¿Qué hicieron? —pregunté.
El técnico amplió el registro.
—Descargaron formularios de transferencia.
—También subieron una copia escaneada con su firma.
La pantalla mostró el documento.
Mi nombre.
Mi número de identificación.
Mi firma.
La participación se transfería a una empresa llamada V&M Consulting.
Las iniciales de Vivian Miller.
El señor Harris respiró hondo.
—Esto es falsificación.
—Y fraude.
El director financiero revisó la solicitud.