PARTE 1
—¿Ya firmó Ricardo para que desconecten las máquinas? Porque yo no pienso seguir pagando estacionamiento para venir a ver a alguien que ni siquiera sabe que estamos aquí.
Esa fue la primera frase que Alicia Mendoza escuchó al volver a la conciencia.
No podía abrir los ojos. No podía mover las manos. Ni siquiera podía decidir cuándo tragar saliva. Solo oía el pitido constante del monitor y el aire entrando en sus pulmones con ayuda de una máquina. Recordaba lluvia sobre Periférico, un tráiler cambiando de carril, el freno que se hundió sin responder y el golpe brutal contra el muro de contención.
Ahora estaba en un hospital privado de Santa Fe, atrapada dentro de su propio cuerpo.
La voz era de Teresa, su madre.
—Tu hermana necesita ese dinero más que tú —continuó ella, acomodando su bolso—. Daniela quiere comprar casa. Y Ricardo dice que, si la empresa queda a su nombre, todo se arregla.
Alicia sintió que el corazón quería romperle el pecho.
A sus 34 años había levantado desde cero una firma de ciberseguridad con más de cien empleados. Durante años pagó deudas de Daniela, tarjetas de crédito, viajes y hasta una boda que su hermana nunca pudo costear. Cuando finalmente puso límites, Teresa la llamó egoísta.
Jamás imaginó que desearan verla muerta.
La puerta volvió a abrirse horas después. Esta vez entraron Ricardo, su esposo, y Daniela.
Alicia reconoció primero sus voces. Luego escuchó algo peor: un beso.
—Ya falta poco —susurró Daniela—. Estoy cansada de esconderme.
—Primero necesito la empresa —respondió Ricardo—. En su cuenta personal apenas hay 900 mil pesos y yo debo casi 12 millones.
—Tú dijiste que tenía una fortuna.
Ricardo soltó una maldición.
—La tiene. Solo no sé dónde la escondió. Por eso el mecánico debía cortar por completo la línea del freno. Le pagué para que pareciera accidente, no para dejarla en coma.
Alicia dejó de sentir miedo.
Lo que recorrió su cuerpo fue una furia helada.
Su choque no había sido un accidente.
Su marido había pagado para matarla. Su hermana lo sabía. Y su madre estaba ayudándolos.
—El viernes quedará listo el poder notarial —dijo Ricardo—. Mientras siga legalmente viva, puedo tomar el control de las acciones. Después firmamos la autorización médica y se acabó.
Daniela se rio.
—Mamá ya está buscando una funeraria barata.
Se marcharon tomados de la mano.
Pero había algo que ninguno de los tres sabía.
Dos meses antes del choque, Alicia había vendido una tecnología de defensa digital a un consorcio internacional por 240 millones de pesos. El dinero no estaba en sus cuentas comunes ni aparecía en los estados financieros de la empresa. Estaba protegido en un fideicomiso con múltiples controles que solo ella podía autorizar.
Podían registrar su casa, vaciar sus cuentas y falsificar papeles.
Nunca encontrarían esa fortuna.
Al día siguiente Teresa regresó con Ricardo. Hablaron frente a la cama como si Alicia fuera un mueble.
—Entonces el viernes firmas, tomas la empresa y por la noche autorizamos que dejen de sostenerla —dijo Teresa.
—Exacto.
—Perfecto. Daniela podrá empezar su nueva vida.
Y ambos se echaron a reír junto a la cama de la mujer que planeaban enterrar.
Alicia no podía gritar, pero en ese instante tomó una decisión: si lograba mover aunque fuera un dedo, iba a convertir cada palabra de ellos en una condena.
Y faltaban solo cuatro días para el viernes.
Lo que ocurrió después fue algo que ninguno de ellos habría podido imaginar.