PARTE 2
Durante horas, Alicia concentró toda su voluntad en el meñique derecho.
Muévete.
Nada.
Muévete.
Hasta que sintió un roce mínimo contra la sábana.
La enfermera Marisol, que revisaba el suero durante el turno nocturno, lo vio.
—Alicia, si puedes escucharme, parpadea una vez.
Alicia abrió los ojos con un esfuerzo insoportable y parpadeó.
Marisol no llamó a la familia. Avisó al neurólogo de guardia y al área de protección del hospital. Tras confirmar que Alicia estaba consciente pero con movilidad extremadamente limitada, documentaron su estado real y, por petición expresa de ella, restringieron la información clínica a Ricardo y Teresa mientras se evaluaba un posible riesgo de violencia.
Esa decisión le compró tiempo.
En dos días Alicia recuperó movimiento parcial en los dedos y una voz débil. Con una tableta adaptada logró entrar a su propia nube de seguridad. Desde ahí revisó las cámaras discretas que había instalado en su casa para vigilar a sus perros.
Lo que encontró era peor de lo esperado.
Ricardo y Daniela dormían juntos en su habitación, tiraban sus pertenencias en bolsas y discutían sin cuidado.
—Si hubiera sabido que sobreviviría, le habría pagado más al mecánico —decía Ricardo en una grabación.
Daniela respondió riendo:
—Cuando se muera, vendemos la casa y nos largamos.
Alicia guardó copias cifradas y envió solo treinta segundos del video a Eduardo Salgado, esposo de Daniela y auditor financiero.
Eduardo apareció al día siguiente.
Cuando Alicia habló, casi dejó caer el teléfono.
—Ricardo dice que no reconoces a nadie.
—Ricardo también duerme con tu esposa.
Ella le mostró el resto.
Eduardo vio el beso. Luego escuchó la confesión del sabotaje.
Su rostro cambió por completo.
—No voy a hacer un escándalo —dijo al terminar—. Voy a seguir el dinero.
Con autorización de Alicia y asesoría legal, Eduardo entregó copias de la evidencia a la Fiscalía y ayudó a documentar movimientos sospechosos. La instrucción fue no alertar a Ricardo antes de asegurar pruebas suficientes.
El jueves, Ricardo llegó con un notario dispuesto a certificar un poder amplísimo. Creía que Alicia no entendía nada. Le colocó una pluma entre los dedos y guio su mano.
Ella permitió una firma temblorosa.
La cámara autorizada por el hospital registró todo.
Horas después, Ricardo usó el documento para solicitar créditos, mover dinero a empresas fantasma y pagar parte de sus deudas. Daniela gastó cientos de miles en joyas. Teresa reservó un viaje de lujo con una tarjeta de Alicia.
Cada movimiento quedó registrado.
Entonces llegó el giro que ni siquiera Alicia esperaba.
Ricardo decidió sacarla del hospital y llevarla a casa. Anunció que organizaría una gala benéfica en honor a su “esposa incapacitada”, donde presentaría una fundación y, frente a clientes e inversionistas, se declararía nuevo director de la empresa.
Era su manera de legitimar el robo.
También era la oportunidad perfecta para exhibirlo.
El viernes, al quedarse solos en casa, Daniela se sentó en las piernas de Ricardo frente a la silla de ruedas de Alicia.
—Mañana brindamos por la empresa —dijo ella.
Ricardo la besó y miró a Alicia como si estuviera muerta.
—Y después de la gala, por fin terminamos con esto.
Alicia mantuvo la mirada vacía.
Por dentro, solo pensaba una cosa:
“Mañana van a descubrir quién estaba realmente atrapado.”