Las puertas se abrieron y toda conversación cesó.
Doscientos invitados se volvieron. Primero llegaron las sonrisas. Luego la confusión. Luego el horror.
La mancha era imposible de ignorar. Me recorría desde el pecho hasta la cintura como una herida abierta. Alguien dejó caer un programa. Alguien susurró: «¡Dios mío!». Las cámaras se alzaron, luego se bajaron, luego se volvieron a alzar.
En el altar, el rostro de Daniel estaba sonrojado.
A su lado, Eleanor Whitmore sonreía.
No era una sonrisa amplia. Estaba demasiado acostumbrada a eso. Era pequeña, penetrante, triunfante.
Pensó que lloraría. Pensó que huiría. Pensó que mi humillación le daría la razón a todo su mundo.
Seguí caminando.