La miré a los ojos.
—Murió hace cuatro años.
El silencio cayó sobre el consultorio.
La profesora conectó la memoria a su computadora. Cuando la pantalla mostró las carpetas, su respiración se aceleró.
—Esto es…
—La investigación original de la doctora Stone. Los datos completos. Sin alterar.
Warren giró lentamente hacia mí.
—Entonces el escándalo académico de hace cuatro años…
—Fue una mentira.
Mi voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
—La doctora Stone nunca falsificó datos. Alguien los cambió. Ella descubrió quién fue, pero murió antes de poder probarlo.
La profesora apretó la memoria entre los dedos.
—¿Quién?
Yo sonreí apenas.
No de felicidad.
De cansancio.
—Vanessa Cole.
El nombre cayó como una piedra.
La hermana adoptiva de Ethan Mercer.
La niña perfecta.
La víctima inocente.
La mujer por la que mi propio hermano me condenó.
—Vanessa me acusó de robar equipo del laboratorio —dije—. Ethan creyó cada palabra. Incluso declaró en mi contra sobre un supuesto hueco en las cámaras de seguridad.
Tragué el dolor que me quemaba la garganta.
—Gracias a él, me dieron cuatro años.
La profesora Warren permaneció inmóvil.
Yo apoyé ambas manos sobre mis rodillas.
—Profesora, me quedan seis meses. Antes de morir, quiero ver la verdad salir a la luz.
Ella me miró durante largo tiempo.
Luego cerró los dedos alrededor de la USB.
—Entonces vamos a hacerlo.
Pero justo en ese momento, la puerta del consultorio se abrió de golpe.
Y la voz que escuché detrás de mí convirtió mi sangre en hielo.
—No puedo permitir eso, Elena.
Me giré.
Vanessa Cole estaba parada en la entrada, sonriendo.
Y detrás de ella venía Ethan.
Vanessa Cole entró al consultorio como si aquel hospital viejo, aquella sala de oncología y aquella memoria USB con la verdad en su interior fueran parte de un escenario preparado para ella.
Siempre había tenido ese don.
Convertía cualquier lugar en su propio teatro.
Llevaba un abrigo color crema, el cabello perfectamente ondulado y un bolso de diseñador colgando del antebrazo. En su rostro no había sorpresa, ni culpa, ni miedo.
Solo una sonrisa suave.
La misma sonrisa con la que, cuatro años atrás, había llorado frente a mi hermano y dicho:
—Elena me odia, Ethan. Siempre me odió por no ser de sangre Mercer.
Ethan estaba detrás de ella.
Pero no sonreía.
Su rostro parecía tallado en piedra.
—Elena —dijo con voz baja—, yo no sabía que venías aquí.
No le respondí.
Mis ojos seguían clavados en Vanessa.
La profesora Warren se levantó lentamente de su silla.
—Este es un consultorio médico. No pueden entrar así.
Vanessa inclinó la cabeza con falsa educación.
—Profesora Warren, cuánto tiempo. Lamento interrumpir, pero creo que lo que esa mujer le acaba de entregar no le pertenece.
“Esa mujer.”
Cuatro años en prisión, una enfermedad devorándome los pulmones y todavía tenía que escucharla hablar de mí como si yo fuera basura.
La profesora sostuvo la memoria USB con más fuerza.
—¿Y a quién le pertenece?
Vanessa me miró.
—A la familia Mercer. Todo lo que Elena robó aquella noche formaba parte de una investigación financiada por Mercer Group.
Sentí una risa amarga subir por mi garganta, pero terminó convertida en tos.
Una tos seca, profunda, violenta.
Me doblé sobre mí misma, llevándome una mano al pecho. El dolor me atravesó como vidrio.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Elena…
Levanté la mano para detenerlo.