El Eco del Pasado Detrás del Mostrador
La cafetería seguía sumida en un silencio tenso, solo interrumpido por el siseo residual de la máquina de espresso y el goteo rítmico del café en el decantador. Marcus, mi «nuevo empleado», me miraba con una mezcla de desconcierto y sincera preocupación, su mano aún extendida en un gesto que era dolorosamente familiar, el mismo ángulo en el que Julian sostenía su copa de vino en aquella fiesta elegante de nuestro pasado. 🕰️
Me obligué a respirar. Una bocanada de aire temblorosa, impregnada del aroma a tueste oscuro que una vez fue el olor de nuestro futuro juntos.
“Sí… sí, estoy bien”, mentí, mi voz sonando extraña en mis propios oídos, como si viniera de debajo del agua. “Marcus. Correcto. Lo siento, me… me recordó a alguien”. 💔
Sus ojos se suavizaron, y una sonrisa genuina, aunque confundida, apareció en su rostro. Era la misma sonrisa que me había enamorado, una sonrisa que podía iluminar la habitación más oscura.
“No es problema, jefa. A todos nos pasa”, dijo, y se volvió hacia el cliente que había estado esperando. “¿Qué puedo traerle hoy? ¿Un latte de vainilla con leche de avena?” Su facilidad con el menú, su forma natural de interactuar con la gente, era tan Julian que me daba escalofríos.
Me quedé allí, congelada, viendo cómo se movía detrás de la barra. Conocía cada rincón de este espacio; lo habíamos planeado juntos, dibujando esquemas en servilletas mientras soñábamos con el éxito de Brown & Co. Y ahora, un hombre que parecía su doble idéntico estaba ocupando el espacio que Julian nunca llegó a llenar. ☕️
Durante el resto de la mañana, fue una tortura constante. Cada vez que él preguntaba algo, cada vez que reía ante el comentario de un cliente, mi corazón se paralizaba. Su voz tenía el mismo timbre, el mismo tono tranquilizador. Solo los tatuajes en sus brazos, intrincados diseños que cubrían su piel, gritaban que él era Marcus, no Julian. Me obsesioné con esos tatuajes, usándolos como un ancla para la realidad. Mi Julian tenía la piel limpia, sin marcas, excepto por la cicatriz en su rodilla de cuando se cayó de la bicicleta cuando tenía diez años.