PARTE 2
Salí del estudio con una sola regla: nadie debía saber que yo ya sospechaba.
Regresé a Grupo Alcázar y recibí al licenciado Armando como si nada hubiera ocurrido. Él abrió su carpeta, sonrió con la misma expresión paternal de siempre y señaló varias líneas con pequeñas etiquetas amarillas.
—Firma aquí, Mariana. Son ajustes para proteger fiscalmente a la empresa.
Leí deprisa hasta llegar a una cláusula escondida entre párrafos técnicos. Si yo quedaba “médicamente incapacitada”, Sebastián obtendría facultades extraordinarias para administrar mis acciones, cuentas y decisiones corporativas.
Sentí que se me helaban las manos.
No podía negarme de golpe. Si Armando avisaba a Sebastián, podían adelantar cualquier plan que tuvieran. Así que fingí un mareo, golpeé accidentalmente mi taza de café y empapé los documentos originales.
—Perdón… no puedo ni pensar —murmuré.
Armando apretó la mandíbula, pero prometió llevarme otra copia antes de la gala empresarial, cinco días después.
Esa misma tarde contacté a Rebeca Solís, una investigadora privada que había trabajado años en análisis financiero y corporativo. Le entregué la fotografía de Daniela, copias de los documentos y una muestra de la infusión que había guardado sin que Sebastián lo supiera.
En menos de veinticuatro horas llegaron los primeros resultados.
Daniela no había muerto.
Peor aún: existía un acta de matrimonio anterior entre ella y Sebastián, registrada años atrás en Jalisco, sin constancia de divorcio. Mi boda había sido posible gracias a documentos de estado civil adulterados y gestiones irregulares realizadas por el despacho de Armando.
Luego aparecieron los movimientos de dinero: pagos importantes al abogado; transferencias mensuales a Rogelio, padre de Sebastián; una cantidad enorme a Paola pocos días antes de que recomendara contratar a “Sofía”; y recursos de Grupo Alcázar desviados a una cuenta que pagaba el departamento donde vivía Daniela en Polanco.
Mi mejor amiga había vendido mi confianza.
Pero el golpe más brutal llegó cuando Emiliano pidió verme de nuevo.
—Hay algo que nunca le dije —confesó—. Mi apellido profesional no es el verdadero. Soy Emiliano Cifuentes. Valeria Cifuentes era mi hermana.
Conocía ese nombre. Valeria había sido prometida de Sebastián antes de que yo lo conociera. Él me contó que murió por una enfermedad repentina, poco antes de casarse.
Emiliano apretó los puños.
—También empezó con mareos y náuseas. Doña Teresa le llevaba “remedios naturales”. Cuando Valeria murió, apareció un poder firmado durante sus últimos días y Sebastián terminó controlando gran parte de lo que ella había heredado. Mi familia perdió casi todo.
Sentí que me faltaba el aire.
El laboratorio, mientras tanto, había encontrado en mi infusión una sustancia tóxica incompatible con el supuesto remedio casero. No bastaba todavía para demostrar quién la había puesto ahí, pero sí para confirmar que yo no estaba imaginando nada.
Entonces Emiliano conectó un disco duro.
Durante mi boda había dejado activo un micrófono de respaldo en el saco de Sebastián. Antes de la ceremonia, mi esposo se encerró quince minutos con su madre en un camerino privado.
Emiliano presionó “reproducir”.
Primero escuchamos pasos.
Después, la voz de Teresa, serena y nítida:
—Sonríe bien hoy, hijo. Esta presa vale mucho más que Valeria.
Sebastián soltó una risa baja.
Luego Teresa continuó:
—La infusión ya está lista. Tú solo asegúrate de que Mariana…
Y lo que dijo después hizo que todos en la habitación nos quedáramos inmóviles.
Porque si aquella grabación era auténtica, mi suegra acababa de explicar con su propia voz exactamente cómo pensaban acabar conmigo.