Un mes después de casarme, mi fotógrafo llamó desesperado: “Acabo de encontrar algo terrible en tu álbum”. Amplió una foto y vi a mi esposo abrazando en secreto a la asesora que mi mejor amiga había contratado. No lloré ni lo enfrenté; pedí una copia del archivo y revisé las transferencias de la empresa. Una de ellas revelaba quién había vendido mi vida.

Un mes después de casarme, mi fotógrafo llamó desesperado: “Acabo de encontrar algo terrible en tu álbum”. Amplió una foto y vi a mi esposo abrazando en secreto a la asesora que mi mejor amiga había contratado. No lloré ni lo enfrenté; pedí una copia del archivo y revisé las transferencias de la empresa. Una de ellas revelaba quién había vendido mi vida.

PARTE 1

—Señora Mariana, necesito que venga al estudio ahora mismo. Y, por favor, no le diga a su esposo que habló conmigo.

Emiliano, el fotógrafo de mi boda, no era un hombre nervioso. Por eso, cuando escuché su voz quebrada al teléfono, sentí el mismo frío que había sentido esa mañana frente al espejo de mi baño.

Me llamo Mariana Alcázar. A mis treinta y cuatro años dirigía Grupo Alcázar, la empresa inmobiliaria que mi padre levantó en Ciudad de México. Un mes antes me había casado con Sebastián Cortés, el hombre que todos consideraban perfecto para mí.

Desde que volvimos de la luna de miel, sin embargo, mi cuerpo se había venido abajo. Náuseas, mareos, dolor de cabeza, un cansancio que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Sebastián insistía en que era estrés. Su madre, doña Teresa, me mandaba cada noche una infusión de hierbas que, según ella, “limpiaba el cuerpo y devolvía la energía”.

Esa mañana, Sebastián entró al baño con la taza humeante.

—Tómatela completa, amor. Mi mamá la preparó especialmente para ti.

Bebí dos tragos. Era amarga y dejaba un sabor metálico. Cuando él salió, la puerta quedó entreabierta. En el espejo vi su reflejo detenerse en el pasillo y voltearse hacia mí.

Su expresión cambió.

El hombre que segundos antes me acariciaba la espalda me observaba con una frialdad que me paralizó. No parecía preocupado. Parecía estar esperando algo.

En cuanto desapareció, vacié la taza por el lavabo.

Horas después llegué a mi oficina en Paseo de la Reforma. Mi mejor amiga y directora de mercadotecnia, Paola Medina, me abrazó y dijo que Sebastián la había llamado para pedirle que no me dejara trabajar demasiado. Su comentario me sonó ensayado.

A la una tenía cita con el licenciado Armando Ríos, abogado de mi familia desde los tiempos de mi padre. Había solicitado mi firma “urgente” en unos documentos administrativos relacionados con la gala del aniversario de la empresa.

Pero antes de esa reunión sonó mi celular.

Era Emiliano.

Cuarenta minutos después entré sola en su estudio de la colonia Roma. Cerró la puerta, bajó las persianas y me llevó hasta una computadora.

—Encontré esto revisando los archivos en alta resolución de su boda.

En la pantalla apareció una fotografía del salón. Yo estaba de espaldas, saludando a unos invitados. Frente a mí había un enorme espejo decorativo.

Emiliano amplió el reflejo.

En una esquina, escondido detrás de una columna, estaba Sebastián tomando de la mano a una mujer. Sus dedos estaban entrelazados y él la miraba con una intimidad que jamás había visto en sus ojos cuando me miraba a mí.

La reconocí como Sofía Navarro, la asesora financiera que Paola había recomendado contratar apenas dos meses antes.

—Mire su oreja izquierda —dijo Emiliano—. Y olvídese del cabello y de los lentes.

Sentí que el estómago se me hundía.

No era Sofía.

Era Daniela Ruiz, la exnovia de Sebastián, una mujer que, según él, había muerto tres años atrás en un accidente carretero en Argentina. Yo había visto el supuesto certificado de defunción y lo había consolado por esa pérdida.

Sin embargo, Daniela estaba viva, infiltrada en mi empresa bajo una identidad falsa y tomada de la mano de mi marido el día de nuestra boda.

Emiliano respiró hondo.

—Señora Mariana, la fotografía no es lo peor. Mis equipos también registraron audio aquella noche. Y creo que usted está en peligro.

En ese instante comprendí que mi matrimonio quizá nunca había sido una historia de amor.

Era una trampa.

Y no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…