PARTE 1
—¿Directora de Capital Humano? No inventes, Daniela. A cualquiera que sepa mandar correos le ponen un título elegante.
La carcajada de doña Berta llenó la sala antes de que Daniela pudiera dejar las bolsas sobre la mesa.
Venía de manejar desde Santa Catarina hasta su casa en San Nicolás. Traía camarones al ajillo, carne asada, tortillas, un pastel de tres leches y una botella de vino que llevaba meses sin atreverse a comprar. Esa tarde, después de 7 años en Grupo Nortec, le habían confirmado el ascenso por el que había trabajado hasta enfermarse de gastritis.
No esperaba una fiesta. Solo quería escuchar a su esposo decirle que estaba orgulloso.
Sergio seguía frente al televisor, con una cerveza en la mano.
—¿Ya les contaste? —preguntó Daniela.
—Mi mamá se enteró por Paola —respondió él—. En tu oficina ya andan diciendo que ahora eres jefa de medio mundo.
Doña Berta chasqueó la lengua.
—Jefa en la empresa, tal vez. Aquí sigues siendo la esposa de mi hijo.
Daniela miró el mantel nuevo, todavía doblado sobre una silla.
—Solo quería celebrar con ustedes.
—Pues celebra —dijo Sergio, metiendo la mano en una bolsa—. A ver qué trajiste.
Sacó la botella y silbó.
—Ya empezaron los gastos de ejecutiva.
—La compré con mi bono.
—Ese bono sale de una empresa donde yo sí trabajo de verdad —replicó él—. Tú estás sentada con aire acondicionado; yo aguanto proveedores y resuelvo broncas.
—Mi hijo produce —añadió doña Berta—. Tú llenas formatos.
Daniela sintió el golpe, pero no respondió. Desde que su suegra había llegado “por unas semanas”, habían pasado 9 meses. En ese tiempo, Daniela perdió el control de su cocina, de su sala y hasta de sus horarios. Si llegaba tarde, era mala esposa. Si compraba algo para ella, era egoísta. Si mencionaba que la mayor parte de la hipoteca salía de su cuenta, Sergio cambiaba de tema.
—Voy a poner la mesa —dijo.
—¿Para qué? Aquí está bien. Va a empezar el segundo tiempo.
En menos de 10 minutos, la cena terminó sobre la mesa de centro. Sergio abrió el vino sin esperar. Doña Berta cortó el pastel antes de la comida y llamó a una cuñada para enseñarle “lo que había comprado la licenciada”.
—Ándale, directora —se burló Sergio—. Sírvete antes de que mañana nos cobres por convivir contigo.
Los 2 rieron.
Daniela permaneció de pie con el saco puesto. Nadie le ofreció una copa. Nadie le dijo felicidades. Nadie preguntó cómo había sido la junta donde anunciaron su nombramiento.
Se encerró en la cocina y se sentó junto al refrigerador. Mientras ellos brindaban sin ella, recordó los cursos nocturnos, las certificaciones pagadas a meses y las ocasiones en que cubrió sola la mensualidad porque Sergio decía que no le habían depositado viáticos. También recordó algo que llevaba semanas molestándole: 3 depósitos de su esposo que nunca llegaron a la cuenta conjunta y un cargo de hotel en Saltillo que él explicó como “reunión de obra”.
Aquella noche abrió su computadora para revisar los archivos de transición del nuevo puesto.
Desde el pasillo escuchó a doña Berta.
—Hay que bajarle los humos. Con más sueldo se va a sentir demasiado para ti.
Sergio respondió con una tranquilidad que la heló.
—No se va a ir. La casa está a mi nombre y sin mí no sabe hacer nada.
Daniela dejó de teclear.
La casa no estaba solo a nombre de él. Ambos aparecían en la escritura. Y, según sus estados de cuenta, ella había pagado casi todo el enganche y más de 70% de las mensualidades.
A la mañana siguiente encontró el refrigerador vacío y el fregadero lleno. Sergio salió ajustándose el cinturón.
—Hazme huevos con machaca. Voy tarde.
—No hay.
—Pues ve por ellos. Ahora ganas más.
Doña Berta apareció detrás de él.
—Mucho puesto nuevo, pero ni un desayuno puede darle a su marido.
Daniela tomó su bolsa y una carpeta gris.
—Desde hoy, cada quien va a hacerse responsable de lo que consume, de lo que debe y de lo que ha hecho.
Sergio soltó una risa.
—¿Y eso qué significa?
Ella lo miró con una calma que lo hizo dejar de sonreír.
—Que hoy voy a abrir 4 expedientes disciplinarios y también voy a revisar quién ha pagado realmente esta casa.
Sergio palideció, porque no podía imaginar lo que Daniela estaba a punto de descubrir.
¿Tú qué habrías hecho después de una humillación así: confrontarlos en ese momento o revisar primero toda la verdad?