Parte 1
La niña de 9 años atravesó el vestíbulo de una mansión en Lomas de Chapultepec y, frente a 14 invitados que todavía sostenían copas de vino, acusó al dueño de la casa de haber dejado a su madre sin salario durante 3 meses.
—Usted le prometió que hoy le iban a pagar. Mi mamá le creyó y ahora nos van a sacar del cuarto donde vivimos.
Santiago Alcázar, empresario de 56 años, acababa de cerrar una llamada sobre la venta de una cadena logística por 720000000 de pesos. Durante varios segundos creyó que alguien estaba grabando una broma de mal gusto.
La niña se llamaba Camila. Llevaba uniforme de primaria pública, una mochila azul deshilachada y el cabello recogido con 2 ligas distintas. Detrás de ella apareció Teresa Molina, empleada doméstica de la familia desde hacía 9 años, pálida y con los ojos llenos de vergüenza.
—Perdón, señor Santiago. Mi hija no debía venir.
—Sí debía. Usted no ve a mi mamá cuando llega a casa con las manos abiertas por el cloro. Tampoco la vio ayer contando monedas para comprar mis tortillas.
El salón quedó en silencio. Santiago miró a Teresa y sintió algo incómodo: sabía que ella preparaba su café sin azúcar, que doblaba sus camisas de una forma exacta y que conocía cada rincón de la casa, pero él no sabía dónde vivía ni cuánto ganaba.
—¿Es verdad que no te han pagado?
Teresa bajó la mirada.
—El administrador dice que es una falla bancaria. Cada semana me promete que se resolverá.
Su teléfono sonó. En la pantalla apareció “Don Eusebio, renta”. Camila le pidió que contestara con altavoz.
—Teresa, mañana cambio la chapa. Ya son 3 meses.
—Por favor, deme hasta esta noche.
—No puedo seguir esperando. Si no entra el dinero, usted y su niña se van.
Cuando la llamada terminó, Camila apretó la mochila contra el pecho.
—Mi mamá no vino a pedir limosna. Vino a trabajar.
Santiago ordenó que ambas esperaran en la biblioteca y subió a su despacho. En el sistema, el salario de Teresa aparecía pagado puntualmente. Había recibos, transferencias y autorizaciones firmadas por Mariano Vélez, administrador de la residencia desde hacía 7 años.
Mariano llegó 10 minutos después, impecable, con expresión ofendida.
—Esa señora tiene problemas personales. Incluso ha pedido adelantos.
—No la conviertas en culpable.
—Mi trabajo es proteger esta casa.
Santiago le retiró accesos bancarios, llaves y teléfono corporativo. Luego llamó a Jimena, su asistente.
Ella colocó una carpeta frente a él.
—No es solo Teresa. En 1 año renunciaron 8 empleados por atrasos. Y hay pagos a una empresa llamada Soluciones Domésticas del Centro.
—¿Cuánto?
—9400000 pesos.
—¿Quién autorizó?
Jimena dudó.
—La cuenta de la señora Verónica.
Verónica era la esposa de Santiago.
Cuando bajó a la biblioteca, Camila contó que días antes había escuchado a Mariano hablando en el estacionamiento. Decía que Teresa había vuelto a preguntar y que “Santiago no sabía nada”. También mencionó que Verónica debía dejar de usar la misma cuenta para tapar “el hoyo”.
En ese instante, Verónica apareció en la puerta con un vestido marfil y el rostro endurecido.
—Esto se arregla entre nosotros.
—Dejó de ser un asunto privado cuando tocaron el sueldo de una trabajadora.
Verónica respiró hondo.
—Yo firmé las facturas porque Emiliano me lo pidió.
Emiliano, el único hijo del matrimonio, tenía 31 años y manejaba parte del patrimonio familiar.
—¿Nuestro hijo está robando a los empleados?
—Debe 28000000 de pesos. Y la gente que le prestó ya amenazó con venir por él.
Antes de que Santiago pudiera responder, un guardia entró con un sobre negro encontrado bajo el asiento del coche de Mariano. En el frente había una frase escrita a mano: “Ábrelo cuando estés listo para saber a quién enterró tu padre sin que muriera”.
Santiago rompió el sello. Dentro solo había una fotografía antigua: su padre abrazando a una joven pianista y, entre ambos, un bebé cuyo rostro había sido marcado con tinta roja.