Parte 1
—Si vuelves a clase con ese aspecto, todo el mundo sabrá que me obligaste a corregirte.
La música seguía sonando tras las puertas del club campestre: elegante, lujoso, perfecto. Dentro, la hermana menor de Ava Monroe acababa de lanzar el ramo entre aplausos y el tintineo de las copas de champán. Afuera, bajo una gélida lluvia de noviembre, Ava estaba de rodillas en el suelo mojado, con el vestido de dama de honor rasgado a la altura de la cadera y la mandíbula ardiendo de dolor.
Richard Hale se ajustó los puños de la camisa como si acabara de derramar salsa sobre ellos, y no la sangre de su esposa.
—Te dije que eran 5 minutos, Ava.
No respondió. Tenía en la boca ese sabor metálico que tan bien conocía. Durante tres años, Richard había sido el marido ideal para todos: un arquitecto de éxito en Boston, donante de órganos para el hospital, un hombre de sonrisa sincera y gestos generosos en las cenas familiares. Para Ava, sin embargo, él era una puerta cerrada, una escalera que conducía al sótano, una voz grave que le decía que nadie le creería.
Esa noche, en la boda de Claire, la mantuvo sentada a su lado, con los dedos hurgando bajo la mesa y apretándole el muslo cada vez que dejaba de sonreír. Cuando Ava pidió ir al baño, la siguió hasta el patio donde la gente fumaba. La acusó de coquetear con un camarero que solo le había ofrecido agua. Entonces llegó el golpe.
No fue una bofetada. Fue un puñetazo preciso y calculado, directo al costado de la cara.
Richard miró hacia las puertas iluminadas.
—Voy a entrar ahora. Tienes 10 minutos para tener todo listo. Si no estás en la mesa cuando corten el pastel, nos vamos.
Ava levantó la vista. El miedo le subió a la garganta como agua negra.
La casa.
La casa en las afueras.
Las cámaras que él controlaba.
El sótano donde, según ella, “se tranquilizó mejor”.
“Y ambos sabemos lo que pasa cuando llegamos a casa y la gente se nos queda mirando demasiado”, añadió.
Richard regresó a la sala. La música comenzó a sonar por un instante cuando se abrió la puerta y luego se desvaneció. Ava se quedó sola bajo la lluvia.
Temblorosa, metió la mano en el bolsillo oculto de su vestido. Sacó su celular con la pantalla rota. No llamó a la policía. Ya lo había hecho dos veces. Richard había llorado delante de los policías, diciendo que su esposa tenía problemas con la bebida, que se caía, que rechazaba la ayuda. Y su propia familia confirmó que Ava “siempre exageraba”.
Solo quedaba un número.
Una que había jurado borrar hacía 3 años.
Damon Pierce.
El hombre al que dejó porque su mundo le parecía demasiado oscuro. El silencioso dueño de media ciudad. El hombre que no fingía ser bueno, pero que nunca la tocaba sin pedirle permiso.
Ava marcó.
A kilómetros de distancia, Damon se encontraba en una oficina privada en el sótano de un restaurante en el distrito financiero, rodeado de hombres que no hacían preguntas. Al ver el número, levantó la mano y la sala entera quedó en silencio.
No me saludó.
Solo oía la respiración agitada al otro lado de la línea.
—¿Puedes venir a recogerme? —susurró Ava.
La expresión de Damon apenas cambió, pero los hombres que estaban frente a él comprendieron que algo terrible acababa de despertar.
-¿Dónde estás?
—En el club de Newport. Afuera. En el patio.
—Mantente en las sombras. No vuelvas a entrar. Si alguien sale, corre.
Dijo que tengo 10 minutos.
Damon agarró su abrigo negro.
—Entonces llegaré en 9.
Ava se escondió detrás de un jarrón de piedra, con el corazón acelerado. Pasaron siete minutos. Luego ocho.
La puerta del patio se abrió de nuevo.
—Ava —llamó Richard con una calma venenosa—. He revisado el baño. No estás ahí.
Sus pasos avanzaban sobre la grava mojada.
—Sal ahora mismo o solo dormirás encerrado esta noche.
Apretó el teléfono móvil contra su pecho.
Entonces, unos faros blancos atravesaron la lluvia.
No era un coche.
Tres camionetas SUV negras entraron a la discoteca como si la noche les perteneciera.
Y nadie en aquella boda podría haber imaginado lo que acababa de llegar bajo la tormenta.
Parte 2
Los tres todoterrenos se detuvieron bruscamente frente al estacionamiento. Las puertas se abrieron casi simultáneamente. Hombres enormes y silenciosos, vestidos con trajes oscuros, salieron de los vehículos, portando paraguas negros y con miradas fijas e inquebrantables.
Richard dio un paso atrás.
Este es un evento privado. No puedes estar presente.
La puerta trasera del primer SUV se abrió.
Damon Pierce salió del coche sin aceptar un paraguas. La lluvia le empapó el pelo oscuro y el abrigo, pero siguió caminando como si el tiempo fuera un detalle insignificante escrito por alguien impotente.
—Ava.
No gritó. Aun así, su voz resonó por todo el patio.
Detrás de la maceta, Ava dejó escapar un tembloroso sonido. Se mantenía en pie con dificultad, cubierta de barro, temblando bajo la seda destrozada. Damon la vio. Por primera vez, la máscara de frialdad que cubría su rostro se desvaneció.
Cruzó el patio en tres pasos y se arrodilló ante ella, no para tocarla, sino para estar a su altura.
-Estoy aquí.
Ava parpadeó, incrédula.
—Viniste.
-Siempre.
Damon se quitó el abrigo y con cuidado se lo puso sobre los hombros. Solo entonces se fijó en su barbilla hinchada, el corte en la sien y las rodillas raspadas.
El aire parecía enfriarse.
Richard intentó devolverle a su marido su voz decente.
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