El cuarto año en prisión, una guardia me entregó un sobre sellado.
Adentro venía mi sentencia verdadera.
No la de la corte.
No la que firmó el juez.
La definitiva.
Cáncer de pulmón en etapa terminal.
Cuando llegó el día de mi libertad, pensé que nadie estaría esperándome.
Pero al cruzar la enorme puerta metálica de la cárcel, vi tres camionetas negras estacionadas frente al portón, brillantes, elegantes, fuera de lugar en aquel camino lleno de polvo.
Reconocí las placas al instante.
Eran vehículos de la empresa Mercer Group.
Y junto al primero estaba él.
Ethan Mercer.
Mi hermano mayor.
El mismo hombre que, cuatro años atrás, me entregó a la policía sin escucharme. El mismo que creyó antes en la dulce voz de su hermana adoptiva que en mis lágrimas. El mismo ante quien me arrodillé tres días y tres noches bajo la nieve, rogándole que revisara las pruebas.
Pero Ethan no investigó nada.
Solo me miró con ojos fríos y dijo:
—Acepta tu culpa, Elena.
Y así terminé en prisión.
Cuatro años después, él estaba frente a mí, más delgado, con ojeras profundas y barba sin afeitar. Llevaba puesto un abrigo negro que conocía demasiado bien.
Yo se lo había regalado en su cumpleaños, antes de que todo se rompiera.
Cuando me vio salir, se quedó paralizado.
—Elena…
Su voz sonó ronca, como si hubiera pasado años tragándose palabras que ya no servían de nada.
No lo miré.
Caminé hacia la parada de autobús.
Él reaccionó tarde, pero corrió detrás de mí y se interpuso en mi camino.
—Elena, ven a casa conmigo.
Bajé la vista.
—Quítate.
Solo fueron dos palabras.
Pero vi cómo su rostro se quebraba.
—Escúchame, por favor. Solo dame unos minutos para explicarte…
Levanté la cabeza y lo miré como se mira a un extraño.
—Señor Mercer, usted y yo no tenemos nada de qué hablar.
Sus pupilas se contrajeron.
Esa manera formal de llamarlo le dolió más que un grito.
Pero yo ya no tenía fuerzas para gritar.
La prisión me había enseñado a enterrar todo: el miedo, la rabia, el dolor, la esperanza.
Pasé junto a él. Mi hombro rozó apenas la manga de su abrigo.
Esta vez, no intentó detenerme.
Me senté en el último asiento del autobús, junto a la ventana. En mi bolsillo llevaba doscientos dólares que mis compañeras de celda habían reunido para mí y un papel doblado con una dirección escrita a mano.
Hospital General de Harbor City.
Departamento de Oncología.
Profesora Olivia Warren.
Mientras el autobús arrancaba, miré por la ventana sucia.
Ethan seguía de pie frente a la prisión, inmóvil, como un hombre al que le acababan de arrancar el suelo bajo los pies.
Uno de sus asistentes intentó acercarse con un paraguas, pero él lo apartó de un empujón.
Cerré los ojos.
El dolor en mi pecho volvió a subir, lento, profundo, como una garra.
Pero no era por él.
Era por la enfermedad.
Me quedaban seis meses de vida.
Y no pensaba desperdiciarlos odiando a Ethan Mercer.
Tenía algo más importante que hacer.
Tenía que encontrar a la profesora Warren.
Tenía que decirle que su vieja amiga no había mentido.
Cuarenta minutos después, bajé frente al Hospital General de Harbor City. El edificio era viejo, con paredes amarillentas y pasillos que olían a desinfectante barato. Nada parecido a las clínicas privadas financiadas por la familia Mercer.
En la sala de espera de oncología, una anciana con un pañuelo en la cabeza me miró con tristeza.
Tal vez pensó que yo era demasiado joven para estar allí.
Yo también lo pensaba.
Veinticuatro años.
Cáncer terminal.
La pantalla sobre nuestras cabezas parpadeó.
—A037, Elena Mercer, consultorio cuatro.
Respiré hondo y entré.
Detrás del escritorio estaba una mujer de unos cincuenta y tantos años, cabello corto, lentes metálicos y una bata blanca desgastada por demasiados lavados.
Olivia Warren.
Al verme, la pluma en su mano se detuvo.
—¿Usted es… Elena Mercer?
—Soy la última estudiante de la doctora Rachel Stone.
La expresión de la profesora cambió de inmediato.
Se quitó los lentes y se puso de pie.
—¿Rachel? ¿Usted conoció a Rachel?
Saqué de mi bolsillo un pequeño paquete plástico.
Dentro había una memoria USB.
La misma que había ocultado durante cuatro años en prisión.
—Ella me pidió que le entregara esto.
La profesora Warren tomó la bolsa con manos temblorosas.
—Rachel… ¿dónde está ella?