El jefe de la mafia llegó a casa antes de lo previsto, entonces su criada lo agarró del brazo y le susurró: “No hagas ruido”.

El jefe de la mafia llegó a casa antes de lo previsto, entonces su criada lo agarró del brazo y le susurró: “No hagas ruido”.

El jefe de la mafia llegó a casa antes de lo previsto, entonces su criada lo agarró del brazo y le susurró: “No hagas ruido”.

Vincent Torino no debería haber estado en casa.

Acababa de entrar en su habitación cuando una mano apareció de la oscuridad.

Unos dedos fríos se presionaron con fuerza contra la boca.

“No hagas ruido.”

Ella era la criada.

Elena lo arrastró de vuelta al vestuario, cerró la puerta tras de sí y lo inmovilizó allí, aún sujetándole los labios con la palma de la mano.

Su corazón no latía con fuerza.

Sus instintos no le hicieron entrar en pánico.

Pero le temblaban las manos.

A través de la delgada rendija de la puerta del armario, Vincent vio que las luces de la habitación estaban encendidas.

No es de su esposa.

Había alguien dentro de su casa.

Elena se inclinó tanto que podía oír su respiración.

—Creen que aún estás fuera de la ciudad —susurró ella.

“Si te oyen, no saldrás de esta habitación.”

Se abrió un cajón.

El metal emitió un suave clic.

Solo entonces Vincent lo entendió.

El momento más peligroso de su vida no fue en la calle.

Estaba a escasos centímetros, dentro de su propia casa.

Vincenzo Torino gobernó la ciudad con una reputación forjada en sangre y silencio.

Durante treinta años construyó un imperio donde el respeto era la moneda de cambio y la lealtad, el seguro de vida.

Sus enemigos sabían bien que no debían entrar en su territorio.

Sus aliados sabían cuánto costaba cruzarlo.

Pero de pie en aquel armario, apretado entre ropa cara que olía a poder y peligro, Vincent se dio cuenta de algo aterrador.

El lugar más seguro de su mundo se había convertido en el más vulnerable.

Elena se tapó la boca con la mano con firmeza.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que traspasaba la oscuridad.

No solo contaba con personal que limpiaba sus suelos de mármol y pulía sus ventanas.

Era la mujer que había permanecido invisible en su casa durante tres años, moviéndose entre las habitaciones como un fantasma, escuchando a escondidas conversaciones que podían derrocar gobiernos, asistiendo a reuniones que decidían quién vivía y quién desaparecía.

A través de la rendija de la puerta del armario, Vincent observó cómo las sombras se movían en la pared de su habitación.

Varios dígitos.