PARTE 2
Doña Mercedes llegó al hospital con un suéter encima del camisón, sandalias de plástico y una bolsa del Oxxo llena de pañales, toallitas y una botella de agua. Tenía 68 años, vivía en el departamento de enfrente de Paulina y no compartía su sangre, pero había sido más familia que todos los Robles juntos. Durante el embarazo le llevaba sopa cuando la veía cansada, le acompañó a dos ultrasonidos y una vez le arregló una fuga del lavabo porque Paulina ya no podía agacharse.
Cuando la enfermera le habló, no preguntó por qué no estaba la mamá de Paulina. Solo dijo:
—Dígale que ya voy para allá.
La bebé nació a las 12:18 de la madrugada.
Chiquita, morada de coraje, viva.
Los doctores explicaron después que el ritmo cardiaco había bajado y que no podían esperar un parto normal. Paulina alcanzó a verla apenas unos segundos antes de que la anestesia y el cansancio la hundieran en una oscuridad espesa.
La llamó Inés.
Despertó con dolor en el vientre, la garganta seca y Doña Mercedes sentada junto a la cama, rezando bajito con un rosario entre los dedos. No había flores. No había globos. No había mensajes emocionados de la familia.
Solo su celular con tres notificaciones.
Teresa: “Avísame cuando ya estés tranquila.”
Ernesto: “Ojalá todo haya salido bien.”
Renata: nada.
Paulina leyó eso mientras una enfermera le acomodaba a Inés sobre el pecho. Sintió la piel tibia de su hija, su respiración mínima, sus dedos cerrándose como si buscaran algo firme en el mundo. Ahí, con la herida ardiendo y el alma cansada, entendió que algunas ausencias no necesitan explicación: son respuesta.
Al tercer día recibió un mensaje de Daniel.
“Paulina, no sé cómo decirte esto. Renata vio tu mensaje desde antes de la cena. Me dijo que te iba a pedir que fueras de todos modos porque no quería que tus contracciones arruinaran su noche. Cuando rompiste fuente, ella le dijo a tus papás que estabas exagerando. Yo debí haberme ido contigo. No lo hice. Me da vergüenza.”
Paulina se quedó mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas.
No gritó. No lloró. Solo guardó el mensaje.
Una semana después, ya en su departamento, Paulina estaba sentada en el sillón con una faja posparto, el cabello recogido sin cuidado y ojeras profundas. Inés dormía en una cunita prestada junto a la ventana. Doña Mercedes calentaba atole en la cocina cuando tocaron la puerta.
Paulina no necesitó preguntar quién era.
Al abrir, vio a su madre con una bolsa rosa enorme, a su padre con cara de incomodidad y a Renata vestida impecable, con lentes oscuros y uñas recién hechas.
Teresa sonrió como si nada hubiera pasado.
—Mi amor, venimos a conocer a nuestra nieta.
Paulina sostuvo la puerta apenas abierta.
—¿Qué nieta?
La sonrisa de Teresa se congeló.
—Inés, hija. Nuestra nieta.
—Ah —dijo Paulina—. La bebé que nació mientras ustedes terminaban la cena.
Ernesto apretó la mandíbula.
—No venimos a pelear.
Renata se quitó los lentes con fastidio.
—Paulina, ya pasó. No empieces con tus escenas.
Paulina abrió más la puerta.
—Pasen.
Los tres entraron creyendo que esa invitación era una rendición. Teresa dejó la bolsa sobre la mesa. Ernesto miró alrededor como si el departamento humilde le incomodara. Renata buscó la cuna con los ojos, pero Paulina se interpuso.
—Antes de acercarse a mi hija, van a leer algo.
Sobre la mesa había dos hojas impresas.
Ernesto tomó la primera.
Era la captura del mensaje que Paulina le había enviado a Renata la tarde de la cena:
“Traigo contracciones cada pocos minutos. El doctor me dijo que no me arriesgue. Tal vez necesite ayuda.”
Debajo aparecía la confirmación:
Leído.
Teresa palideció.
—Renata… ¿tú sabías?
Renata levantó los hombros.
—No era para tanto. Siempre dice que se siente mal.
Paulina tomó la segunda hoja y se la dio a su madre.
—Lee completa.
Teresa empezó a leer el mensaje de Daniel. A la mitad, su mano tembló. Al final, tuvo que sentarse.
Ernesto miró a Renata como si por primera vez la viera sin maquillaje.
—¿Le dijiste que fuera aunque sabías?
—Yo no sabía que iba a terminar en cesárea —respondió ella, molesta—. Además, ella pudo decirlo más fuerte.
Paulina soltó una risa sin alegría.
—Se me rompió la fuente en tu comedor.
—Pero aquí estás —dijo Renata—. La niña también. Entonces no pasó nada.
Desde la cuna, Inés empezó a llorar.
Teresa dio un paso rápido hacia ella.
—Déjame cargarla.
Paulina levantó una mano.
—No.
La palabra cayó pesada.
—Soy su abuela —dijo Teresa, con los ojos llenos de lágrimas.
Paulina miró a los tres, luego a Doña Mercedes, que apareció desde la cocina con el rostro serio.
—Eso es lo que vine a decidir: quién tiene derecho a llamarse familia de mi hija.
¿Crees que Paulina debería dejar que su mamá conozca a la bebé o poner límites desde ese momento?