PARTE 2
Durante una semana, Mariana guardó silencio. Eduardo interpretó su calma como derrota. Cada noche le preguntaba si ya había conseguido trabajo; Valeria dejaba platos en la mesa esperando que su madre los recogiera, y Camila le pedía uniformes limpios como si aparecieran doblados por arte de magia.
La única persona que notó que Mariana estaba al límite fue su madre, Rosa.
Un sábado la llamó para decirle que le había comprado una blusa color menta en una tienda del centro de Coyoacán.
—Mamá, ya no me compres cosas. Me da vergüenza que a mis treinta y ocho años tú tengas que comprarme hasta crema para la cara.
—Vergüenza debería darte permitir que te hagan sentir que no vales nada —respondió Rosa—. Y te voy a decir algo que quizá no quieras escuchar: no tengas otro hijo ahora. No porque Eduardo tenga razón, sino porque, si dependes completamente de él, cada tortilla que comas te la va a cobrar con reproches. Recupera tu independencia primero.
Esa frase le cambió el ánimo.
El domingo actualizó su currículum. El lunes envió solicitudes a bancos, aseguradoras y empresas de comercio electrónico. El miércoles la llamaron de una compañía mexicana de logística con oficinas en Santa Fe. Buscaban una coordinadora administrativa con experiencia en control de cuentas y proveedores.
Mariana fue a la entrevista con un saco que no usaba desde antes de renunciar. Contestó cada pregunta con seguridad. Dos horas después, recibió la llamada.
La querían contratar.
El sueldo era incluso mayor que el anterior.
Esa noche esperó a Eduardo en la entrada.
—Conseguí trabajo. Empiezo el lunes.
Su esposo sonrió como si él hubiera ganado.
—¿Ves? Era cuestión de que dejaras de hacerte la víctima. Ahora sí vamos a respirar. Podemos pagar las tarjetas y quizá cambiar el coche. ¿Qué hiciste de cenar?
—Nada.
Eduardo dejó de sonreír.
—¿Cómo que nada?
—Hoy preparé documentos, fui a firmar mi contrato y descansé. Y desde ahora las cosas van a cambiar. Si los dos trabajamos, los dos hacemos la casa. Las niñas también van a cooperar.
Valeria apareció indignada.
—Yo tengo escuela.
—Y yo entrenamiento —dijo Camila.
—Yo también tendré jornada de ocho horas y tráfico de regreso —contestó Mariana—. Así que se acabó que una sola persona atienda a tres.
Eduardo golpeó la mesa con la palma.
—No olvides que yo mantuve esta casa cuatro meses.
Mariana abrió su bolsa, sacó una carpeta y la dejó frente a él.
—Precisamente por eso hice cuentas.
Eduardo la abrió.
Y su cara cambió al ver lo que Mariana había descubierto revisando los gastos familiares.