PARTE 3
Dentro de la carpeta había estados de cuenta, recibos, pagos escolares y una hoja con columnas perfectamente ordenadas.
—¿Qué es esto? —preguntó Eduardo.
—Lo que realmente gastaste en “mantenerme” estos cuatro meses.
Mariana señaló las cifras. La renta era la misma. Las colegiaturas correspondían a sus hijas. Había gasolina para el coche de Eduardo, mensualidades de su gimnasio, restaurantes cerca de su oficina y una televisión comprada a meses. Después mostró sus propios gastos: medicamento para migraña, shampoo, artículos personales y casi nada más.
—Mi ropa me la regaló mi mamá. Dejé de ir a la estética. No salí con amigas. No pedí comida. Mientras tú decías que me mantenías, yo cocinaba, limpiaba, lavaba, llevaba a Camila a inglés, revisaba tareas, hacía el súper y resolvía todo lo que nadie nota hasta que deja de hacerse.
Eduardo cerró la carpeta.
—¿Y qué quieres demostrar?
—Que pagaste los gastos normales de una familia que también es tuya. Eso no te convierte en mi dueño.
En ese momento entró Teresa, su suegra, usando la llave que Eduardo le había dado años atrás.
—¿Ahora qué drama traes? —preguntó al verlos.
Mariana respiró hondo.
—Qué bueno que llegó. Desde el lunes voy a aportar la mitad de renta, servicios, despensa y colegiaturas. Eduardo pondrá la otra mitad. Y la casa se repartirá entre los cuatro.
Teresa soltó una risa.
—Trabajar no te quita tus responsabilidades de mujer.
—Entonces explíqueme algo. Cuando yo hacía todo esto sin sueldo, ustedes decían que “no hacía nada”. Ahora que voy a cobrar, ¿también debo hacerlo sola? Parece que mi trabajo solo vale cuando alguien más tendría que hacerlo.
Valeria bufó.
—Yo no soy sirvienta.
Mariana la miró.
—Exactamente. Yo tampoco.
Sacó un calendario. Eduardo cocinaría tres días; Mariana dos. Los fines de semana se alternarían. Valeria lavaría los platos por la noche y limpiaría su cuarto. Camila doblaría su ropa y ayudaría con la mesa.
Eduardo tomó la hoja y la rompió.
—En mi casa no vas a imponer reglas absurdas.
Los pedazos cayeron al piso.
—¿Tu casa? —preguntó Mariana.
—Yo he pagado casi todo estos meses.
—Entonces mañana revisamos el contrato de arrendamiento y separamos cuentas. Si ésta es “tu casa”, yo necesito empezar a construir la mía.
Eduardo palideció. Por primera vez entendió que su esposa ya no estaba discutiendo para convencerlo. Estaba preparada para vivir sin su permiso.
El lunes Mariana salió a las seis y media de la mañana. Dejó café hecho y una nota en el refrigerador: “Hay huevos, tortillas, fruta y pan. Cada quien puede preparar su desayuno”.
A las siete y cuarto llegó el primer mensaje de Camila:
“¿No hiciste lunch?”
Mariana respondió:
“Hay todo para prepararlo”.
Luego Eduardo preguntó por una camisa que no encontraba.
“Está donde la dejaste”, escribió ella.
Guardó el celular.
Por primera vez en años llegó al trabajo sin haber completado antes una jornada doméstica para tres personas.
Su nuevo jefe, Alejandro Salas, notó pronto su experiencia. En dos semanas Mariana detectó errores en facturación, reorganizó pagos atrasados y propuso un control para proveedores.
—¿Dónde aprendiste a trabajar con este nivel de orden? —le preguntó.
Mariana sonrió.
—Administrando una familia.
En casa, entretanto, el caos fue inmediato. Eduardo quemó arroz. Valeria mezcló ropa roja con blanca. Camila dejó un uniforme mojado dentro de su mochila. Todos esperaron que Mariana se desesperara y volviera a resolverlo.
No lo hizo.
Si encontraba platos sucios, los dejaba. Si nadie cocinaba el día acordado, preparaba una quesadilla para ella. Si faltaban calcetines limpios, señalaba la lavadora.
—Qué egoísta te volviste —le dijo Eduardo una noche.
—No. Dejé de rescatar a personas capaces de cuidarse solas.
Eduardo empezó a pedirle ayuda a Teresa. Su madre aparecía con guisados, ropa planchada y comentarios venenosos.
—Pobrecito mi hijo, mira cómo lo tienes.
Hasta que una tarde Mariana llegó temprano y encontró a Teresa dentro de su recámara, guardando camisas de Eduardo.
—No quiero que vuelva a entrar aquí cuando yo no estoy.
—Vengo a ayudar a mi hijo.
—Puede ayudarlo en su casa. Éste también es mi espacio.
Teresa la miró con desprecio.
—Desde que ganas dinero te crees superior.
—Cuando no ganaba, decían que no tenía derecho a opinar. Ahora que gano, dicen que me creo superior. Entonces el problema nunca fue mi sueldo.
Esa noche Mariana pidió a Eduardo que recuperara la llave de su madre. Él se negó y comenzó otra discusión.
—Estás separando a la familia.
—Estoy poniendo un límite.
Las niñas escuchaban desde el pasillo. Entonces Camila habló.
—Papá, la abuela sí entra demasiado.
Todos voltearon.
—También dice cosas feas de mamá cuando ella no está.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Qué cosas?